EUROPA SUMERGIDA: CRÓNICA DE UN ETERNO DESENCUENTRO

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La crisis del coronavirus ha vuelto a poner de relieve la peliaguda tarea de unir en un mismo latido común a las centenarias naciones europeas en un proyecto con un rumbo algo incierto, y un horizonte más que difuso.

Por Antonio Checa Ros (antonioxeka@gmail.com)

La crisis del coronavirus ha vuelto a poner de relieve la peliaguda tarea de unir en un mismo latido común a las centenarias naciones europeas en un proyecto con un rumbo algo incierto, y un horizonte más que difuso. Sin embargo, esto viene de lejos. Esta permeable fractura europea tiene unas raíces muy profundas. Adéntrese, coja asiento, dispóngase cómodamente y conózcalas.

En los albores de la primavera del vigésimo año de esta turbulenta centuria, el sur de Europa amaneció con los puños bien cerrados y la rabia insolente de su juventud, en la terminología más ortodoxa de Héroes del Silencio. El archiconocido coronavirus ha conllevado la imposición en varios países europeos de medidas restrictivas respecto a la vida social y las libertades, llegando en algunos casos a verdaderos confinamientos, como es el caso de Italia y España. Estas directrices, dejando aparte sus consecuencias en la salud psicofísica de la ciudadanía, están siendo perfectamente desastrosas para nuestra economía.

El parón de una gran mayoría de actividades económicas en países de medidas muy contundentes como España e Italia ha destruido cientos de miles de trabajo y abultados millares de empresas. La bajada del PIB en nuestro país se estima entre un 8 % y un 12 %. Niveles preocupantes y similares a los de hace poco más de una década. Esto, añadido al elevado endeudamiento de las Administraciones Públicas, dibuja (y desdibuja al mismo tiempo) un horizonte negro durante los próximos años en el Primer Mundo, el más afectado de todo el planeta por esta extraña pandemia.

Las reacciones de las numerosas instituciones nacionales y supranacionales de nuestro país y sus vecinos no se han hecho esperar, y han terminado por acabar en un duro choque de posiciones. Uno más de los muchos a los que llevamos tiempo acostumbrados. Por un lado, España, Italia e incluso Francia pedían que el Banco Central Europeo emitiera unos eurobonos (Coronabonos), unos títulos de deuda a nivel europeo con los que evitar una nueva gran crisis de deuda (similar a la de 2008). Esta especie de Plan Marshall ha recibido mucha crítica y oposición, especialmente de países procedentes del Norte de Europa, como Alemania, Austria y Países Bajos. Aunque una posible solución podría encaminarse por una vía intermedia entre ambas posturas, estas nuevas tiranteces han vuelto a sacar a la luz los problemas de entendimiento (casi que estructurales) existentes entre el bloque nórdico de la Unión Europea y el bloque más mediterráneo.

Durante la crisis económica de 2008 y años posteriores, la situación económica y social de los países del Sur de Europa se debilitó bastante, alcanzando unos niveles de deuda de infarto, y recibiendo incluso la peyorativa denominación de países PIGS (cerdos en inglés, que responderían al nombre de: Portugal, Italia, Grecia y España [Spain]). De este modo, volvía a los rotativos de medio mundo la idea de «La vulnerable y perezosa economía mediterránea y la trabajada fortaleza financiera del Septentrión europeo. Una dualidad de cierta tradición histórica que inconscientemente está asentada ya en nuestra mentalidad, y que llegó a tener, en otras épocas, cabida hasta en discursos totalitarios de corte racial. Una barrera, una brecha cultural de difícil rastreo en los senderos de la historia, que algunas personas en siglos anteriores detectaron, y tuvieron la pretensión de hallar sus causas.

Tal es el caso de Max Weber, sociólogo alemán del siglo XIX y XX, cuyo trabajo académico fue muy útil para empezar a bosquejar esta línea invisible. Su teoría más evidente a este respecto la plasma en su obra La ética protestante y el espíritu del capitalismo. En el mencionado texto, se analiza cómo la moral protestante (caracterizada por un modo de vida donde el esfuerzo, el mérito y el trabajo son elementos fundamentales para ganar la eterna salvación) que florecía en el calvinismo y el puritanismo favorecía un mayor desarrollo del espíritu capitalista (inducido por un comportamiento encaminado a perseguir y alcanzar el éxito social, motivado por ese protestantismo ascético ya mencionado anteriormente).

La combinación explosiva de su vertiente ascética (que buscaba negarse a o abstenerse de los placeres materiales como medio de purificación del espíritu) y de la tendencia a interpretar el enriquecimiento como una señal de predestinación a una salvación, hacía de la cultura protestante un caldo de cultivo para el desarrollo de un espíritu capitalista que, sin embargo, no era capaz de abonar en igual manera la cultura católica, muy fortalecida en los países de la Europa Meridional. El cristianismo católico centraba su doctrina en la consecución de la Salvación mediante gracia divina, de manera que, si se lograba, no era por esfuerzo del individuo, sino por designio divino. De este modo, cualquier actitud encaminada a lograr la salvación por esfuerzo de uno, o considerar así este asunto, podía incurrir en una herejía conocida como pelagianismo.

Las Guerras de Religión de Europa de los siglos XVI y XVII, iniciadas por la Reforma Protestante en el norte de Europa, dejaron un mapa de religiones en Europa que se ha mantenido en gran medida hasta la actualidad. Desde finales del siglo XIX y principios del siglo XX, florecieron también en el norte de Europa, en países como Alemania, el concepto de raza nórdica o raza aria que, en combinación con el auge de los nacionalismos, nordicismos, odinismos y las interpretaciones políticas del vitalismo, fueron caldo de cultivo de discursos segregacionistas y raciales que determinaron en gran medida el surgimiento de regímenes totalitarios que desembocaron en la Segunda Guerra Mundial.

Mapa de Madison Grant de 1916, donde establecía y asignaba por territorios “3 tipos de razas europeas” (nórdica, alpina y mediterránea). Imagen de Wikipedia.


A día de hoy, con el proceso de construcción europea consolidado, este trasfondo cultural se ha apaciguado bastante, y el discurso de solidaridad entre las naciones europeas ha logrado imponerse en cierta medida. Sin embargo, no dejan de sorprender las enormes coincidencias existentes entre las siluetas del pasado ideológico europeo, las interpretaciones sociológicas del abanico cultural del cristianismo y la realidad de hoy, donde el norte de Europa muestra recelos a ayudar a sus vecinos del sur, con una economía mucho menos desarrollada y competitiva, en un escenario global y continental plenamente capitalista. Unas diferencias estructurales, que, pese a los esfuerzos de la Comunidad Europea por soslayarse, se mantienen hasta cierto punto inquebrantables, lo que hace sospechar que lo que parecían siluetas tal vez sean, a decir verdad, realidades muy tangibles. La brecha no se ha cerrado. Incluso puede agravarse con nuevos populismos xenófobos, abonados por esta nueva crisis, pero ese es ya otro debate.

GLOSARIO DE TÉRMINOS

Nordicismo: Discurso de segregación racial que estuvo en auge a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, el cual veía a la raza nórdica como superior. Tuvo mucha influencia en Alemania en los inicios del nazismo, que llegaron a proclamar a los nórdicos como el estrato superior de la raza aria.

Odinismo: reconstrucción, recreación y unificación moderna de las antiguas tradiciones religiosas comunes de las tribus germánicas del norte y del centro de Europa. Tuvo especial auge al calor del Romanticismo en el siglo XIX, y principios del siglo XX.

Pelagianismo: Doctrina defendida por el monje Pelagio, y considerada herejía por la Iglesia Católica, que negaba el pecado original, y dejaba falto de sentido el bautismo. Defendía así mismo, que la gracia no era necesaria para la Salvación ni gratuita, sino merecida mediante el esfuerzo y la obra siguiendo el ejemplo de Jesús.

Salvación: Según la doctrina cristiana, es la eterna liberación espiritual del alma de las consecuencias del pecado.

Vitalismo: discurso protocientífico según el cual los organismos vivos poseen una fuerza o impulso vital que los diferenciaría de las cosas inanimadas. Esta energía sería una fuerza inmaterial específica y no estaría sujetas a las leyes fisicoquímicas generales.

Redacción

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