¡Queremos ser tu Oteador para estos nuevos tiempos!

La revista El Oteador de los Nuevos Tiempos se presenta ante sus lectores en plena reactivación de la vida cotidiana después de nada menos que dos meses ‘confinados’ en nuestros hogares ante una amenaza tan imprevisible como difícil de combatir.Son los tiempos más necesarios, según nosotros lo entendemos, para la aparición de ‘Oteadores’. Tal vez nuestros lectores ya se hayan preguntado que significa eso de ‘Oteador’.
Vamos pues ha explicarlo.

Según el diccionario, ‘otear’ significa “1. Mirar hacia un lugar lejano desde una atalaya o lugar alto. (p. e. “se subió a la colina para otear el horizonte”) o “2. Mirar con atención para descubrir algo (p. e. «oteaban la calle a través del cristal; el hombre estaba asomado a una ventanilla, con medio cuerpo para afuera, oteando el andén»)”. Como sinónimos, el término ‘oteador’ es intercambiable por el de “atisbar, divisar, descubrir, mirar, atalayar, atisbar, escudriñar, avizorar, columbrar, acechar, entrever…”. Pero de todas las explicaciones sobre qué sea eso de ser un ‘Oteador’, nos quedamos con una bien extensa y rica en sugerencias que, a través de un lenguaje metafórico, nos explica (en palabras del autor del ‘Diccionario de las artes’, el escritor y académico Félix de Azúa) cuál es el propósito de esta publicación que desde ya quiere estar a vuestro servicio.

Dice Félix de Azúa al explicar qué sería eso que llamamos ‘artista’:

ARTISTA.- Acerca del artista reina un general desconcierto. Su existencia es indudable, pues a ellos atribuimos la aparición de obras de arte, sea cierto o falso que intervengan en su aparición. Cuando nos sorprende un paisaje de colinas verdes salpicadas de templos en las que a primera hora del día caminan breves figuras humanas acompañadas por un perro cabizbajo, decimos: ¡un Poussin! Cuando oímos una canción desolada cuyo tema se repite tercamente como si la cantara un hombre enajenado por una dolorosa obsesión, exclamamos ¡un Schubert! Y así sucesivamente. En consecuencia, los artistas son gente en verdad existente porque con su nombre nos orientamos en la espesura de las obras.

Pero la energía del romanticismo ha contaminado tan profundamente las fuentes de nuestro juicio que tendemos a pensar en el artista como alguien autónomo, independiente, libre y genial. Una especie de self-made man. Este error, frecuente y dañino, conduce al desastre y a miles de jóvenes bien intencionados que creen poder ser tanto más artistas cuanto más autónomos, independientes, libres y geniales. De resultas de este patinazo una notable cantidad de gente pintoresca es incapaz de hacer aparecer absolutamente nada que no sea ella misma. Pero la contemplación de alguien libre y genial que dice ser libre y genial es insuficiente como obra de arte y una lata como obra de caridad.

Para explicar (aproximadamente) lo que es un artista debo recurrir a la fábula. Me avergüenza hacerlo porque es un método poco científico utilizado por ese enemigo de la democracia (según le califica Karl Popper) que era Platón cuando se veía obligado a explicar cosas que ni él mismo se explicaba. Me excuso, pues, de imitar a Platón, pero no todo el mundo puede ser Karl Popper.

En las muchas memorias y abundantes libros de recuerdos que han ido editando los judíos que sobrevivieron al Holocausto hay una figura que aparece con frecuencia y cuya actividad posee un interés muy especial. Cuentan los supervivientes que, tras ser detenidos y agrupados por la policía política alemana y francesa, eran almacenados en trenes especiales cuyos vagones habían servido para el transporte de ganado.

Hacinados como reses, sin espacio para sentarse, sin apenas aire para respirar, sin más agua que la lluvia que se filtraba por las grietas de la cubierta, millones de desdichados atravesaron Europa de Pau a Auschwitz, de Varsovia a Daschau, de Amsterdam a Büchenwald, durante semanas, camino del matadero. Antes de llegar murieron muchos de sed, de hambre, de asfixia, de agotamiento, de enfermedad; los supervivientes acabaron el trayecto pegados a los cadáveres porque no había espacio para dejarlos reposar en el suelo.

Los vagones, que eran de puerta corredera, traían unos mínimos respiraderos en la parte superior, a un palmo del techo, y otros cuantos orificios en el suelo para la evacuación de las heces. Por los respiraderos entraba la escasa luz que permitía a los infelices saber si era de día o de noche, y, aunque pueda parecer extraño, estos detalles cobraban para ellos una enorme importancia. Los respiraderos superiores estaban situados a unos dos metros y medio del suelo.

Muchos memorialistas coinciden en relatar cómo los presos de cada vagón elegían espontáneamente a una persona para alzarla hasta el respiradero con el fin de que fuera dando cuenta de lo que desde allí se divisaba. Solían escoger a alguien liviano, aunque despierto, de modo que pudiera ponerse de pie sobre algunos compañeros que con extraordinario esfuerzo le ofrecían sus riñones como tarima. El vagón entero se retorcía con dolorosa y agotadora contorsión para facilitar a los oteadores el acceso a la mirilla. Los presos necesitaban saber dónde estaban, adónde los conducían, qué tierras cruzaba el tren, qué gentes las habitaban. Para averiguarlo estaban dispuestos a los mayores sacrificios.

Pero no todos reaccionaban igual: cuentan también que unos pocos presos se mostraban escépticos y rehusaban colaborar. “¿Qué me da a mí en dónde estemos, si me cabe la certeza de que voy camino del matadero?”, decían crudamente. Ponían toda clase de inconvenientes a colaborar, y luego se negaban a oír y aun hacían burla imitando a los oteadores. Pero hasta los más escépticos atendían disimuladamente cuando los oteadores sabían explicar lo que veían. Porque, como es natural, no todos los elegidos servían para la tarea y había que cambiarlos de vez en cuando. Incluso a menudo.

Las primeras veces que los oteadores se alzaban hasta la ventanilla no tenían fuerzas para hablar. Llevaban quizá cuatro o cinco días a oscuras, asfixiados por el hedor, aplastados por sus compañeros, y de pronto se elevaban y veían la luz del sol, o la luna, o un perro, o un río. Balbucían algunas palabras y luego se ahogaban en sollozos, o caían en un mutismo seco. Sus compañeros solían mostrarse comprensivos y les daban un tiempo para reponerse e intentarlo de nuevo. Algunos, con el aplomo que da la experiencia, iban adquiriendo cierto control sobre sí mismos. Otros no podían resistir la tensión y se negaban a seguir haciendo de oteadores pues, según decían, para soportar el horror es mejor no ver nada y hacer como si sólo hubiera un mundo, el de los condenados a muerte.

También sucedía que ciertos vigías decepcionaban a los condenados porque sus relatos eran demasiado minuciosos, exactos y científicos. “Veo una estación de ferrocarril con dos puertas laterales y una central con trampilla de madera y herrajes de latón, seguramente atornillados; hay en el andén un hombre de uniforme de unos cincuenta y dos años de edad, con gafas de alambre y una pipa apagada. A la derecha hay un hangar de doce por quince…”, decían estos malos vigías, y sus compañeros aceptaban la información pero los sustituían de inmediato por otros no tan rigurosos.

No decepcionaban menos los distraídos, aquellos que daban una visión dispersa, inconexa, improvisada y sin orden ni concierto del panorama: ahora una nube en forma de Afrodita o una bandada de pájaros, luego una pareja de burgueses que parecen amarse, ¿o son dos soldados discutiendo?; también irritaban quienes lo interpretaban todo desde sus impresiones personales, como que a ellos les parecía demasiado verde una planta o muy sucio un leñador…Ni la ciencia ni la inocencia, ni la verdad objetiva ni la expresión subjetiva les eran de ninguna ayuda a los condenados.

Los oteadores más apreciados eran aquellos que referían con acierto la existencia del mundo verdadero, libre de la tortura y del horror, un mundo luminoso pero atado al mundo de los condenados por signos indescifrables. “Algunas mujeres de este pueblo se han reunido junto a la estación, en el abrevadero público, y están allí apiñadas mirando nuestros vagones con disimulo. Veo que una de ellas, con un crío en los brazos, le señala a nuestro vagón, justamente, así que voy a sacar la mano por la mirilla”, decía, por ejemplo, uno de los oteadores más apreciados por los presos. Sus compañeros podían pensar entonces que aquella mujer con el niño veía la mano, o algunos dedos de la mano, agitándose desde la mirilla, y que quizá así la mujer se convencería de que había gente muriendo en los vagones. Gente con manos, indudablemente. Y guardaría memoria de ello y algún día lo contaría a sus nietos: “Yo vi a los judíos pasar por la estación del pueblo y uno de ellos me agitó la mano, como saludando, desde uno de los vagones.” Así parecía redimirse una parte del dolor, aunque fuera de un modo muy ideal.

En los buenos relatos, los presos tenían la certeza de que algo circulaba de los unos a los otros, de los condenados a los libres, del mundo de la muerte al mundo de la vida. Un signo indescifrable, como el rayo que desciende del cielo e ilumina la noche un instante, ponía en relación dos universos que se desconocían mutuamente. Y a los presos les era indiferente que de verdad el oteador hubiera sacado la mano o que la mujer la hubiera visto, pues lo esencial para ellos era sentirse partícipes del mundo de los vivos y pertenecientes al mismo, aunque sólo fuera por unos segundos.

El oteador de los vagones cargados de condenados era el único que tenía, no ya fe, sino constancia de la existencia de otro mundo en el que las leyes permitían vivir a la luz del sol. La vida de los condenados hacinados en el vagón era espantosa, pero si el mundo de los vivos era verosímil, entonces la vida del vagón se convertía en una ficción resultante del juego de otras leyes que condenaban a vivir en el horror, sin culpa alguna ni haber sido acusados de nada. Se mantenía de ese modo la esperanza de que el horror tuviera un final.

Mientras el oteador era capaz de mantener la variedad del relato, mientras lograba convencer a sus oyentes acerca de la realidad del mundo luminoso, entonces el mundo del horror permanecía como la otra ficción. La realidad del mundo luminoso y la realidad del mundo de la muerte se sostenían la una a la otra como ficciones mutuas.

Sólo cuando las leyes del mundo de la muerte y las del mundo de la vida coinciden, sólo entonces la tarea del oteador carece de sentido y es inútil porque nadie la necesita. Pero cuando eso sucede, como en nuestros días posiblemente suceda, no sabemos si la indiferencia hacia oteadores, cronistas y vigías es el resultado de la victoria del mundo luminoso (es decir, del permanente desvelamiento de lo viviente) o el triunfo del escepticismo y la resignación de los condenados.

Debe prestarse atención al hecho de que ningún vigía consideró nunca su tarea como una opción personal y libre, movida por su genialidad. Sabían que su tarea no les pertenecía, sino que era el fruto de un pacto colectivo. El conjunto entero de presos, en el vagón era la fuerza que alzaba o rechazaba sus observaciones. Las visiones y relatos no eran, por lo tanto, el fruto de su carácter o la expresión de su espíritu, sino una relación efímera e instantánea, un acuerdo compartido por unos cuantos, por muchos o por todos, sobre la verdad de lo que aparece en cada momento.
Añadamos, para concluir, un último punto de gran relevancia en nuestros días. A pesar de que las relaciones entre los condenados y los oteadores llegaron a ser muy densas e incluso en algún vagón casi institucionales, ni uno solo de los oteadores olvidó a cuál de los dos mundos pertenecía, aunque conociera dos mundos igualmente reales y verosímiles. En ninguna de las memorias y diarios que he podido leer aparece jamás un oteador que exigiera ser mantenido por la comunidad de los presos.”.

Así, con este estilo tan narrativo, explicamos nosotros también la urgencia y la necesidad de ‘oteadores’, o ‘artistas que comunican lo que ven’ que transmiten ese ‘mundo más oxigenado’ que pueden ver cuando se elevan un poco entre la espesura de esta realidad tan a menudo plomiza y espesa y ‘relatan’ lo que perciben a sus lectores, con lenguaje fácil de entender, claro, que no está la cosa para demorarse en adornos del estilo. Ese es nuestro propósito declarado como ‘oteadores’ de lo que pasa en el mundo de la cultura, el pensamiento, la realidad más contingente y el espíritu y a eso nos vamos a aplicar desde estos ilusionantes comienzos.

Desde ya (si has llegado a leer hasta aquí suponemos que te ha interesado nuestra propuesta) os pedimos vuestras impresiones, comentarios, inquietudes y sugerencias; vuestro aporte nos es muy necesario para que realmente sepamos que comunicamos con vosotros y que satisfacemos una necesidad genuina que, en estos meses tan intranquilos, se ha revelado como imprescindible: saber, entender y, por supuesto, entretener(se). Esos son precisamente nuestros declarados objetivos: informar (con rigor más allá del eslogan), formar (los que nos conocéis desde antaño ya sabéis de nuestras otras actividades de difusión del patrimonio a través de http://www.granadasecreta.es y de nuestra labor pedagógica en torno a la escritura creativa en el www.tallerdeescritores.org).

Seguro que ya os estáis preguntando cómo podéis apoyar este comienzo. Bien. Los arranques tienen siempre ese destello de ilusión que pierden los proyectos ya consolidados. Nos has encontrado en el momento perfecto. Por ahora, como habréis podido comprobar, estamos funcionando con los recursos (gratuitos) que internet nos proporciona. No queremos ocultaros nada y nos presentamos con lo que hay. Poco a poco iréis viendo mejoras y cambios, nuevas secciones, enlaces a nuestros programas de radio, posibilidad de recibir nuestra revista en casa así como los libros que iremos editando conforme avancemos. Repetimos: No ocultamos nada: son momentos difíciles para todos y la Cultura ya sabéis que siempre es la última en comer en el reparto del rancho. Está bien que sea así: primero lo primero…

Por ahora pues, lo que sí que podéis hacer es compartir nuestros artículos, reportajes, entrevistas y los post que vamos subiendo a las redes sociales. Si os gusta lo que veis, contadlo y comentadlo a vuestros círculos. Sabemos que el sistema boca a boca es el que mejor funciona en estos asuntos de ‘culturetas’. Queremos, antes de nada y con total humildad, darnos a conocer y convertirnos poco a poco en uno de vuestros canales de acceso a la cultura en cada casa, un acceso interesante para gente sola que quiere estar menos aislada del mundo y de su entorno y también de esas familias encantadoras en las que leer o comentar una película es lo habitual, para los padres y los hijos también y porqué no, también para las visitas. Queremos que la cultura y la mirada peculiar y más reposada que queremos proyectar sobre el mundo apresurado que palpita ahí fuera sea un instrumento para hacernos a todos más sabios y libres, (por ese orden).

Altos ideales, sí, que es lo que toca en estos tiempos de cambio. Es por esta altura de miras que aspiramos a la condición de ser vuestros ‘Oteadores’.

¿Es buen momento para arrancar? Según por donde se mire, como todo. Venimos de una crisis que sucedió hace doce años ya y ahora entramos en otra que se anuncia quizás más profunda y dura. Pero ¿Qué aprendimos de lo vivido? Seguramente que hay salida si se ponen buenos cimientos para asentar nuestra escalera de ‘oteadores’ de ese mundo más diáfano y claro al que podemos llegar a ver si nos apoyamos todos.

La metáfora o cuento de ese tren que va hacia una muerte cierta con que explicamos nuestro propósito como revista viene muy bien para explicarnos. De todo esto saldremos, sí, pero todos juntos. Es también una buena lección a tomar del pasado: las soluciones egoístas-ombliguistas, el enriquecimiento de unos pocos a costa del sufrimiento de una inmensa mayoría, ya hemos visto a lo que nos ha conducido: Despoblación rural, deforestación, un mercado enloquecido que devora los recursos naturales allí donde son más baratos para saciar el hambre inagotable de los que lo tienen casi todo… El planeta ha estornudado como protesta en forma de virus incontrolado. ¿No nos ha quedado ya suficientemente claro?

Y sin embargo, durante estos meses de quietud doméstica hemos podido escuchar los pájaros de nuevo; hemos saludado a los (casi) desconocidos vecinos; hemos vuelto a hacer cosas que habíamos olvidado del todo (como cocinar, coser, limpiar nuestro espacio vital); pero, especialmente, hemos tenido tiempo para pensar e interiorizar enfrentando todo aquello que con la vida apresurada se nos había quedado inconcluso por el camino.

Pues bien. Es tiempo de acción y dejar a un lado los miedos, pero sin olvidar todo lo reflexionado para también hacer más pausas que antes; para pensar cada paso que damos, especialmente en si nos conduce a lo que realmente queremos, aparte de quitarnos un poco del hambre que inevitablemente tenemos y tendremos.

Todos los analistas coinciden en que estos tiempos de grandes cataclismos mundiales siempre alumbran pasos importantes del ser colectivo. Quién nos iba a decir que tendríamos el mundo parado dos meses ¿verdad? Es eso que siempre decimos (“paren el mundo que yo me bajo”) y, por una vez, ha sucedido. ¿Servirá para algo? En nuestra mano está darle utilidad a este gran parón meditativo que la vida nos ha impuesto. Que sea una simple parada técnica como pretenden algunos o que se convierta en esa gran oportunidad de cambiar cosas de fondo que siempre dejamos para otro momento. Es cosa de todos. Si nuestro papel de ‘Oteadores’ os resulta útil, mantenednos ahí arriba mirando por los respiraderos de la realidad oscurecida. Si no, pues es muy sencillo: cerrar con un click y buscad algo más provechoso que leer, escuchar o ver. Ese es el trato.

Cuidaros.

César Requesens
Escritor y periodista
Director de ‘El oteador de los Nuevos Tiempos’

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